22 jul. 2015

Foz 1985

Foz
FOZ 1985.

Benavente. Junio. 1985.

   Había terminado octavo de E.G.B y como era habitual, llegó el día de recoger las notas en el Colegio. De modo que el Lunes 17 de Junio de 1985 a las 10.30 horas y aprovechando que estaba en el negocio un amigo de Zamora llamado Carlos, que dirigía una empresa de electrónica llamada Ecolsa, tomé prestados sus servicios para que me subiera al Colegio a buscar el boletín.
    Llegamos al Colegio en su nueva Nissan Vanette y tras saludar al Padre Antonio subí a la sala de profesores. El tutor del curso era Don Daniel pero no se encontraba allí en ese momento de modo que fue Doña Tomasa quien me entregó el documento en cuestión.  Todo estaba aprobado de modo que cogí el boletín y tras despedirme de Doña Tomasa – que ese día estaba de un excelente humor, seguramente por perdernos de vista a todos – bajé las escaleras dirigiéndome a Secretaría. Allí seguía el Padre Antonio que me preguntó por los resultados y tras charlar un minuto con él y despedirme, salí en busca de Carlos que me estaba esperando con la “Vanette” recién comprada en la puerta del Colegio. Carlos era una persona que siempre tenía una sonrisa y ese día no fue distinto de los demás.
   Bajamos de nuevo al negocio que teníamos en la Calle de Renueva y comenzamos a preparar el viaje de ese año a Foz (Lugo). El Abuelo tenía prisa por ir y la verdad es que yo tenía más pues Foz ha sido siempre junto con Cercedilla, la localidad que yo consideraba y considero mi casa.
   Sin embargo el viaje se iba a retrasar un poco pues recibimos en Benavente una visita de tres días de unos familiares de Guatemala a los cuales tuvimos el gusto de enseñar la Villa – que entonces era una población pujante y vibrante – disfrutando además de algunas comidas y cenas excelentes en algunos de los mejores restaurantes de los que por aquel entonces se enorgullecía la localidad.
   El caso es que despedimos a la visita – eso sí después de que una de nuestras anfitrionas se gastara en el negocio 120.000 pesetas de las de entonces en un nuevo Radio- Cassette y unos altavoces nuevos para su Toyota Corolla – y tras hacerlo seguimos preparando el viaje y el coche pues en 1985 ir a Foz por carretera era una pequeña aventura.
   El Viernes día 21 por la tarde, a eso de las siete y media, cerramos el negocio y cruzamos la Avenida para dirigirnos a ver a Miguel Iglesias que por aquel entonces había ampliado el negocio con el asunto de los neumáticos. Como era un amigo, fuimos allí a que nos revisara la rueda de repuesto del R-14 para el viaje. Cuando llegábamos a la entrada de la cochera de Miguel vimos a alguien conocido. Lo vimos pues cuando alguien mide siete pies y dos pulgadas se le ve. Maxi, el “Gigante de Paladinos” se encontraba allí y en ese momento estaba poniendo encima de la bancada una de las cubiertas del tractor, manejándola como si fuera una pluma. Tras un rato de charla y tras la revisión del neumático, Miguel y nuestro gigantesco amigo – cuya bondad era tan grande como su tamaño – se despidieron de nosotros y nos desearon un buen viaje.
   Las cinco de la mañana es una hora perfecta y para los que dormimos poco, más aún. Papá arrancó el R-14 a las 5.05 en la puerta del negocio e iniciamos el viaje hacia Foz.
   La amanecida se produjo después de pasar Astorga que es cuando el paisaje se hace más divertido. No quiero desmerecer el paisaje Castellano ni en lo más mínimo pero para quienes estamos acostumbrados a las llanuras, un poco de variedad nos gusta. Tras pasar Rodrigatos de la Obispalía – donde hay un cordero de calidad extra – comenzamos el descenso hacia Ponferrada cuyo espectáculo con las montañas de carbón siempre era digno de ver, para seguir hacia Villafranca del Bierzo. Tras pasar el túnel y tras un trecho mediano, entramos en el Valle de Valcarce, cruzándolo una y otra vez por la carretera - cuyas curvas son interminables -  para acabar parando en el Hostal del mismo nombre.
   Allí nos encontramos con una escena curiosa consistente en una anciana de 90 años que tomaba media docena de pastas con una copa de orujo para desayunar. Eso ya lo había visto yo en Foz pero nunca lo había presenciado tan al “sur”. En fin Así fue. Eran las siete aproximadamente cuando arrancamos de nuevo dirigiéndonos hacia el norte. Siempre al norte, hacia Lugo. Tras atravesar el Puerto de Becerrea  - por la carretera vieja de cuatro metros de anchura – nos aproximamos a Lugo. Ahora el radio- cassette “Shintom” del R-14 recibía emisiones en galego y música de gaitas entre las risas del Abuelo mientras dejábamos el Balneario de Lugo a la Izquierda y nos dirigíamos hacia la “Terra chá”
   El contraste era simplemente colosal al abandonar las llanuras de Lugo y entrar en el Puerto de A Xesta. Curvas, niebla, un precipicio de carajo y el olor a eucalipto. De vez en cuando aparecía entre la niebla una persona acompañada de media docena de vacas. Estas iban al borde de la carretera y parecía que se iban a despeñar pero eso no ocurría. Bajo el precipicio, Mondoñedo, al cual se llegaba tras una serie de curvas que incluso a un coche pequeño como el R-14 le costaba coger. Tras pasar Mondoñedo, llegamos a Lorenzana y casi de inmediato a A Espiñeira.
Foz

La llegada a A Espiñeira se produjo a las nueve de la mañana de modo que la aproximación a la Ría de Foz se ejecutó en el momento más adecuado y antes de cruzar el Centiño, el espectáculo de la Ría se extendía a nuestra derecha teniendo la punta de malates y la desembocadura del Centiño en primer plano y la Villa de Foz al Fondo, levantándose sobre la margen oeste del estuario...
     Mi protocolo a la hora de llegar era siempre el mismo. Me bajaba del coche, me quitaba las gafas de sol y me ponía a respirar el salitre. Para los que nos gusta el mar es como una droga.
     Como he comentado antes, las cinco de la mañana es una hora perfecta para levantarse y más aún en Foz si se quería disfrutar de los atractivos del lugar. El miércoles 3 de julio de 1985 la noche estaba perfecta. Perfecta para lo que era Galicia y esta perfección consistía en una temperatura de unos once grados con el cielo nublado. Tras pasar la jornada, mi costumbre consistía en salir a la pequeña terraza de la casa que daba al Campo da Cabana. Era un primer piso de una casa del siglo XVIIII.
   
Campo da Cabana
Sentado en la misma, tras una jornada de dibujo de lo más interesante y una cena excelente repleta de productos del mar, podía disfrutar de una lectura con una buena cerveza o una botella de sidra a la vez que veía y sentía Foz en la penumbra. El ruido del mar acompañado de su aroma característico consistente en una mezcla entre salitre y marisco llegaba hasta allí, así como el traqueteo del motor de algún barco menor que entraba en el Puerto con retraso y si la marea se lo permitía. Eso era todo y eso era lo más!.En esa época Foz era Foz. Quiero decir que había una interesante dispersión en las escasas construcciones de la Villa y tenía aún el maravilloso aspecto de una aldea, añadido a un ambiente de andar por casa irrepetible. Tras dormir un par o tres de horas, tocaba levantarse pues antes de las seis de la madrugada el impetuoso sonido de la sirena hidráulica de la Lonja del Puerto destrozaba momentáneamente el silencio del pueblecito para anunciar la llegada de los buques de pesca con su cargamento consistente en toneladas de sardina, chicharro y otros manjares. Eso de levantarse tan pronto no se hacía todos los días pero sí los que más pues si se deseaba captar en esencia el ambiente focense tenía que ser así. 
La bajada al Puerto por la Calle Trapero Pardo o bien por la calle Rosalía de Castro – dando más vuelta - resultaba excepcional. La noche, rota por las escasas bombillas colgadas de las viejas casas de piedra y pizarra y completada con un Txirimiri al más puro estilo focense era una estampa maravillosa y además, durante ese breve paseo hasta el muelle, pisando las húmedas calles se podía sentir el pulso de Foz. Muchas de las casas tenían ya las luces encendidas y dentro de ellas los fogones comenzaban a arder para ir preparando con calma el pote galego o cualquier otra cosa que siempre era deliciosa. En Foz, siempre se ha cocinado mucho y bien. Es curioso pero a esa hora, todo el Pueblo olía a comida y cuando no era a comida era a mar y a huerta. Cuantas veces nos hemos parado delante de una ventana a pie de calle – haciendo uso de mi natural atrevimiento – para alabar un guiso o unas sardinas asadas y nos han obligado a entrar para compartirlo... 
     
Iglesia Parroquial
En otro momento hablaremos de la gastronomía focense, tema que merecerá el adecuado tratamiento pero ahora vamos a retomar el paseo hacia el muelle pues se nos hace tarde. Tras dejar la Casa del Mar a la izquierda y el Náutico a la derecha, se extendía ante mí la extensión del muelle. Cierto es que en 1985 el Puerto de Foz estaba en plena decadencia pero todavía conservaba a ciertas horas el ambiente de antaño. Al pasar por la Plaza Conde de Fontao, es imposible no mirar a la Iglesia Parroquial que se eleva entre la neblina y la leve lluvia como un faro de orden y un punto de referencia.
       El silencio que reinaba en el Pueblo aquí no existía. Los buques tenían los motores en marcha con el fin de poder suministrar energía eléctrica a los focos de intensidad que iluminaban la dársena de un modo espectacular. Coches y camiones frigoríficos reculaban al borde del muelle para cargar la preciada mercancía que era conducida principalmente a Madrid. En el momento de acercarse al muelle y como casi todos los tripulantes y patrones eran conocidos míos, siempre aparecía una bolsa por arte de magia. La bolsa se llenaba con unos kilos de sardinas que a la tarde solíamos degustar en Familia.   
    
Puerto de Foz
En las casetas de mando de los buques, bajo las ventanas del Puente se encontraban los nombres tan familiares de los mismos: “Ruiz Rey”, “Nuevo Mirando al Mar”, “Agarimo”, “Virxen dos Milagros”, “Nuevo Bellamar”, “Joaquincito” y otros que eran menos habituales como el “Otero Lage” o el “Villar Casal” de La Coruña. 
     Tras este trajín, me dieron las nueve de la mañana y era la hora perfecta para ir a darse un baño de una hora a la Praia da Rapadoira en compañía de los abuelos. Llovía pero daba igual y el agua cuanto más fría esté mejor para la salud y mejor para comer pues para rematar la mañana, nos esperaba en la mesa una tortilla de patatas de dimensiones “focenses” y hecha con patatas del lugar que sin pretender ser vanidoso y sin desmerecer al resto, son las mejores del Mundo. Ni que decir tiene que de la tortilla no quedó nada y además se acompañó la faena con una buena sidra. 
    
Ruiz Rey. Equipado con motor Cummins.
Tras la comida, una sesión de dibujo acompañado de una buena música. Con la música había que ser prudente. El equipo de sonido y la vieja casa no eran muy compatibles. En una ocasión, la dueña de la casa – sorprendida de lo bien que sonaba el equipo - y yo nos pusimos a bailar una muñeira de mi invención especialmente acelerada – entre las risas de su marido - a todo volumen sobre el suelo de tarima y casi acabamos con todo el apartamento derrumbado sobre la planta baja... En fin, lo cierto es que casi provocamos un derrumbe masivo de modo que – por motivos de seguridad estructural - hubo que trasladar la sesión de Muñeira a la planta baja. 
     Con el dibujo, sin embargo, no se podía ser tan permisivo y Foz me brindaba múltiples oportunidades. Los “Rotring” que había comprado en ese curso para la asignatura de dibujo del Padre Prieto tuvieron un uso brutal en el verano de 1985. Brutal hasta el punto que hubo que comprar en Foz más de cincuenta cargas de tinta para ellos. Todo fue medido y luego dibujado en la casa de la Calle Trapero Pardo. El Puerto y los astilleros. Todos los buques, muchas casas del Pueblo y como no varios Portaaviones y buques que luego se harían realidad en el Museo Grand Central de Pobladura del Valle.      
    
Foz
Una vez acabada la comida y el baile, tocaba salir. Ese día, al igual que otros muchos, escogimos el Bar Náutico para sentarnos a pasar unas horas de charla. Una sidrina, otra y otra y debajo de la terraza del Bar – con mayúscula – la extensión del Puerto de Foz con sus mil metros de amarre dentro de la Ría y los buques que habíamos visto llegar de madrugada, preparándose para salir de nuevo a faenar con las tripulaciones afanándose en las labores de a bordo. 
     Bajo nuestra mesa y a escasos metros de nosotros, los buques comenzaron a separarse lentamente del muelle y uno a uno comenzaron a desfilar por la bocana de la dársena enfilando el canal de salida de la Ría. Era un espectáculo muy bonito pero a mí particularmente siempre me causaba intranquilidad. Sabías que se iban pero no sabías si iban a volver. La sirena que anunciaba alegremente la llegada de los buques, en ocasiones había sido un aviso de desgracia. Muy poco después, uno de esos buques – el “Ruiz Rey” – se hundió en la Punta Percebera, cerca de Luarca. Yo no estaba en Foz en el momento del desastre pero oí la noticia en Benavente a través de Radio Pesquera, emisora que seguía a diario. Por la tarde se realizaba otra subasta y tras el pertinente aviso de la sirena, nos dirigimos hacia la lonja para presenciar el ritual. Normalmente era Siso quien se encargaba de la subasta y también de echar la bronca con toda la razón a algunos que iban allí pensando inocentemente que eso era una tertulia. Otros días la subasta la realizaba José y en esta subasta de la tarde había raya y congrio principalmente. El proceso por todos conocido y del cual no vamos a entrar en detalles duraba unos quince minutos.  
       En ese momento – ya acabada la subasta - comenzó a llover muy levemente y decidimos que era la hora de preparar la cena. Así lo hicimos, deseando que llegaran las seis del día siguiente para recibir en el muelle a los amigos que en ese momento estaban dirigiéndose hacia la faena a bordo de sus buques. Ese día fueron y volvieron. Cumplieron su misión al igual que sus hermanos mayores - a los que no veíamos casi nunca en el Puerto - lo hacían en el Gran Sol, en Terranova o en el Golfo de Méjico.

Esto ocurrió un día de Julio de un ya lejano 1985.

Jose Luis Blanco García. Director. Museo Grand Central. Pobladura del Valle.