23 jul. 2015

Foz 1985. Parte 2.



Faro en la Playa "A Rapadoira". Archivos fotográficos del Museo Grand Central.

Foz. 1985. Parte 2.

El 17 de Julio de 1985 fue un día como cualquier otro en Foz. Madrugón, paseo y playa más bien poca pues ese fue un mes lluvioso en extremo. Apetecía bañarse con lluvia pero tampoco se podía hacer todos los días pues en fin...ya me entendéis.
   El asunto es que la comida me había sentado mal y no me encontraba nada bien. Una mala digestión de esas te arruina el día pero en Foz si sabes dónde buscar, tienes remedio para todo y ese remedio se encontraba a un cuarto de hora de paseo.
   Sin pensarlo dos veces, fuimos a casa de “Rauta” y organizamos en el acto un paseo hasta el Obispo Santo para recoger laurel. El Señor Eladio se quedó en casa y los demás salimos de inmediato. El paseo hasta allí estuvo bien amenizado pues la conversación que proporcionaba María no tenía desperdicio. Conversación aliñada , claro está, con historias acojonantes protagonizadas por personajes de Foz y con las cuales el riesgo de sufrir un ataque de risa era elevado.
Playa "A Rapadoira" Foz. Archivos fotográficos del Museo Grand Central.
   Tras pasar por encima de la vía del ferrocarril y dejando a nuestra derecha el apeadero de Marzán, enfilamos la carretera hacia arriba. Decía que en Foz hay remedio para las malas digestiones y ese remedio, al menos para mí, era subir al bosque de eucaliptos. Esos ya se encontraban a escasos metros y el aroma de los mismos es una medicina. Diez minutos después de andar entre los árboles la mala digestión había dado paso a una cierta euforia y a un bienestar generalizado.
   No había que descuidar la misión secundaria del paseo por tanto, a cada poco íbamos escogiendo ramas de laurel de la infinidad de matas que allí había, sin dejar de admirar el paisaje. En esto se nos aparece por allí una señora de Marzán que también andaba recogiendo el producto en cuestión y con la que pudimos conversar un rato. Al menos lo intentamos pues hablaba un gallego distinto al habitual, hasta el punto de que ni María la entendía bien. Tras la caótica y divertida charla y ya con nuestra carga de laurel encima, emprendimos el camino de regreso a casa no sin antes subir a lo alto del monte para ver Marzán y la costa desde allí. En ese momento sonó un pitido y el Transcantábrico, que había pasado sin parada por el apeadero, enfiló la recta que lo llevaría hasta Fazouro pasando eso sí por debajo de nuestra posición. Un remate perfecto para un paseo perfecto. Al pasar de nuevo sobre la vía del ferrocarril, comentamos que al día siguiente iríamos al apeadero  y llegaríamos hasta la Playa de Llas. Uno no debe hacer planes...
Puerto de Foz. Archivos fotográficos del Museo Grand Central.
   Sobre las siete de la tarde y tras dejar a Rauta en su casa, bajamos para preparar la merienda. Granada nos recibió en la puerta trasera – que es por donde entrábamos – y nos dijo que teníamos una sorpresa dentro de casa. Julio estaba sentado en la cocina con un palillo y con su habitual sonrisa. Cuando entramos en el comedor...zas!!...Vimos a quien menos esperábamos ver en ese lugar y en ese momento. Dos amigos de Cercedilla, Fernando y Carmen, nos estaban esperando allí y desde luego fue una más que grata sorpresa. Hacía cinco años que no los habíamos visto y el reencuentro fue maravilloso. Mientras los abuelos preparaban la casa, yo me fui con Fernando hasta la zona de Ollo do mar pues quería probar algo del coche que parecía no iba bien. Tras revisar el vehículo y contemplar el paisaje volvimos a casa para buscar a Carmen y a los abuelos y así poder bajar al muelle a tomar unas cervezas.
Marea alta. Archivos fotográficos del Museo Grand Central.
   Al llegar al muelle, los buques ya habían salido y toda la instalación se encontraba vacía. Fernando me preguntó, presa de su natural curiosidad, sobre la actividad en el puerto y desde la terraza del Náutico, con una cerveza bien fría le expliqué que la actividad pesquera había descendido mucho debido a las malas condiciones de calado del puerto y que eso condicionaba el uso de los buques en función de la marea de turno.
   Cuando alguien que no había visitado Foz nunca, bajaba al puerto y veía el tamaño de éste, con una longitud de amarre de más de mil metros quedaba impresionado. Más aún, pues al estar ubicado dentro de la ría, el conjunto en general es bastante inusual. Claro que en cuanto bajaba la marea, ese encanto desaparecía en el acto y daba paso a la perplejidad. Con la marea baja, la mayor parte del amarre se había convertido en una playa temporal más o menos irregular. Se podía bajar por algunas de las escaleras del muelle y comenzar a andar por la ría sin mojarse los pies. Así era y es.
   Tras la cerveza de rigor, bajamos a la plaza y recorrimos el muelle dejando la grúa amarilla a nuestra izquierda. Esta grúa nos daría un buen susto justo un año después al soltarse la pluma debido a la falta de mantenimiento. Yo estaba en casa de Pili, intentando resolver con ella unos problemas de derivadas y de funciones cuando la caída de la pluma nos interrumpió la clase. Menos mal que no había nadie debajo pues si eso te cae encima...no lo cuentas!!
Los Abuelos junto a la imagen de la Virgen del Carmen. Foz. Archivos fotográficos del Museo Grand Central.
   El paseo continuó por el casco viejo tras hacer un alto, eso sí, en la iglesia parroquial. Hay que ser agradecidos y de paso deleitarse con la imagen de la Virgen del Carmen que es sin duda uno de los tesoros de Foz que hay que ver, conocer, admirar y reverenciar. No solo a la imagen sino a todo lo que ella representa.
   Tras el alto en la iglesia, el paseo por el casco viejo, dos cervezas más y unos pasteles cojonudos en “el Capitolio”, a cenar. ¿Se pueden comer pasteles antes de cenar?...En Foz sí. En los demás sitios no os puedo decir. Además, los pasteles en el Capitolio estaban de vicio. Las personas que estaban al frente de aquello sabían hacer su trabajo. Solo he comido pasteles tan ricos en “Campo” de Benavente y en la pastelería de Coomonte de la Vega. Todo lo demás ni se le acerca.
   Una vez cenados, todos los demás se fueron a dormir menos yo. Yo estaba a lo mío. Abrí la ventana, cogí una sidra y me senté a tomar el aire y a escuchar el mar. Ya era noche cerrada y en la calle solo jugaban algunos chicos que apuraban los últimos minutos antes de que aparecieran sus madres por los balcones a llamarlos. El Txirimiri, las bombillas espaciadas por la plaza...Colosal!!. El Colegio de Benavente quedaba muy lejos.  Las estupideces y las pamplinas  de ese idiota congénito llamado Don Isaac, dedicado en cuerpo y alma a rebajar el prestigio de la docencia a la altura de la mierda apenas tenían ahí relevancia. Sentado en la pequeña terraza y con ese ambiente, imaginé de repente al mendrugo en cuestión dando consejos con sus pantalones raídos y baratos, sus zapatos remendados, la bragueta abierta y la camisa del mercadillo del Jueves llena de lamparillas de aceite. Este imbécil con pinta de matutero barato, me haría inconscientemente un gran favor tres años más tarde.
   Dejemos ahora a este zoquete poco higiénico y vamos a lo que vamos.
   El 18 de Julio planeamos hacer una excursión a Burela. Los días siguientes los pasaríamos en Foz pues había mucho que enseñar a nuestros amigos pero el viaje a Burela era importante.
   A eso de las nueve cogimos el R-18 de Fernando y cogiendo la carretera de la costa, nos encaminamos hacia Burela. Lo cierto es que desde la carretera, a lo largo de casi todo el trayecto, se va viendo la citada localidad. Esta dista de Foz escasamente quince kilómetros y es además un agradable viaje lleno de tentaciones pues a ambos lados de la carretera de la costa había algunos restaurantes de renombre y otros con no tanto renombre donde se podían degustar unos platos excepcionales. Ya nos ocuparemos de esto con más calma pues tras pasar “la curva de la muerte” en menos de cinco minutos entramos en el casco urbano de Burela.
El puerto de Burela.
   El puerto de esta localidad, no había alcanzado en 1985 el tamaño que tiene hoy pero ya era una instalación impresionante. La lonja, la fábrica de hielo, los tinglados, los dos grandes depósitos y el muelle en construcción. Todo el puerto de Burela es exterior y todo él está hecho sobre terreno que los bureleses han ido ganando al mar año tras año. Es una población industriosa que no industrial y el enorme muelle es el foco principal de toda esta actividad. Debido a las malas condiciones ya citadas del puerto de Foz, casi toda la actividad pesquera de la Mariña se centró en Burela y en Cillero. Pasear por el muelle de Burela es perfecto para alguien como yo pues tienes cantidad de buques que ver y cantidad de instalaciones que pueden servir de inspiración para dibujar, planificar o simplemente escribir.
   Tras una inspección a fondo del muelle y de todos y cada uno de los buques allí presentes llegó la hora de comer. Para comer en Burela podías optar por varios sitios muy buenos pero nosotros teníamos “nuestro” sitio. A eso de la una de la tarde cogimos el R-18 y subimos hasta la calle Leandro Cucurny. Allí había un pequeño restaurante llamado “A Figueira” dirigido por una maravillosa mujer llamada Carmen. Ir a ver a Carmen y comer allí era lo más. Era uno de estos lugares donde ves como cocinan lo que pides y era un restaurante gallego. Quiero decir que además de la calidad excepcional de los productos que acababan en la mesa, las
Burela.
cantidades de los mismos eran faraónicas. He de decir que yo en casa de Carmen jamás me quedé con hambre pero también es cierto que acabé con todo lo que me puso delante. Quienes me conocen en persona saben de lo que hablo de modo que no vamos a dar más detalles al respecto. De primero un caldo gallego con unas almejas a la marinera para ir entonando. Un par de botellas de ribeiro bien frías para acompañar el entrante. Cuando alguien te hace la comida con dedicación se nota y sabe Dios que se notaba. Con mucha calma terminamos estos entrantes para dar paso a una merluza a la cazuela, con la que Fernando acabó sudando, acompañada de mi plato favorito: Una raja de bonito de diez centímetros de grueso tostadita por fuera y cruda por dentro. El pescado fresco a más no poder, el trabajo de la cocina y el ribeiro helado eran una combinación excelente. El bonito era excepcional, la compañía era excepcional y no quedaba más que tomarlo con calma y disfrutar paso a paso de ese deleite. Fernando saboreaba la merluza, que venía acompañada dentro de la cazuela por quince o veinte almejas. Yo también tuve la ocasión de probarla después de meterme tres platos de caldo gallego. Por supuesto, del bonito solo dejé la raspa y eso fue así pues no conviene pasarse. Seis cacerolas de caldo gallego, tres merluzas a la cazuela, tres perolas de almejas a la marinera, un kilo y medio de bonito fresco, cuatro botellas de vino, el café y una copa de aguardiente de dimensiones adecuadas y tocamos a mil pesetas por barba. Eso era comer y eso eran precios.
  Para bajar la comida y aprovechando que estaba un poco nublado, bajamos de nuevo al puerto para ver si había llegado algún barco nuevo. No era así pero el paseo nos lo dimos y bien dado además. A eso de las seis cogimos de nuevo el coche y regresamos a Foz. Hay que decir que ese día hubo que suspender la cena. No resultaba adecuado hacerla de modo que con una cervecita fresca dimos por terminada la jornada.
   Recuerdo que un compañero de clase llamado Luís, me dijo que por qué iba a Foz todos los años en verano. Que me quedara a las clases particulares de Don Isaac y así me aprobaría. Como era – y es – un buen amigo no le dije nada pero le contesté lo siguiente: “No jodas Luís, en la vida hay cosas más importantes que un aprobado o que satisfacer a un idiota”. Eso le dije a Luís en ese momento y treinta y un años después sigo pensando lo mismo.

   Esto pasó en Foz, en un ya lejano Julio de 1985.

Jose Luis Blanco García. Director. Museo Grand Central.

22 jul. 2015

Foz 1985

Foz
FOZ 1985.

Benavente. Junio. 1985.

   Había terminado octavo de E.G.B y como era habitual, llegó el día de recoger las notas en el Colegio. De modo que el Lunes 17 de Junio de 1985 a las 10.30 horas y aprovechando que estaba en el negocio un amigo de Zamora llamado Carlos, que dirigía una empresa de electrónica llamada Ecolsa, tomé prestados sus servicios para que me subiera al Colegio a buscar el boletín.
    Llegamos al Colegio en su nueva Nissan Vanette y tras saludar al Padre Antonio subí a la sala de profesores. El tutor del curso era Don Daniel pero no se encontraba allí en ese momento de modo que fue Doña Tomasa quien me entregó el documento en cuestión.  Todo estaba aprobado de modo que cogí el boletín y tras despedirme de Doña Tomasa – que ese día estaba de un excelente humor, seguramente por perdernos de vista a todos – bajé las escaleras dirigiéndome a Secretaría. Allí seguía el Padre Antonio que me preguntó por los resultados y tras charlar un minuto con él y despedirme, salí en busca de Carlos que me estaba esperando con la “Vanette” recién comprada en la puerta del Colegio. Carlos era una persona que siempre tenía una sonrisa y ese día no fue distinto de los demás.
   Bajamos de nuevo al negocio que teníamos en la Calle de Renueva y comenzamos a preparar el viaje de ese año a Foz (Lugo). El Abuelo tenía prisa por ir y la verdad es que yo tenía más pues Foz ha sido siempre junto con Cercedilla, la localidad que yo consideraba y considero mi casa.
   Sin embargo el viaje se iba a retrasar un poco pues recibimos en Benavente una visita de tres días de unos familiares de Guatemala a los cuales tuvimos el gusto de enseñar la Villa – que entonces era una población pujante y vibrante – disfrutando además de algunas comidas y cenas excelentes en algunos de los mejores restaurantes de los que por aquel entonces se enorgullecía la localidad.
   El caso es que despedimos a la visita – eso sí después de que una de nuestras anfitrionas se gastara en el negocio 120.000 pesetas de las de entonces en un nuevo Radio- Cassette y unos altavoces nuevos para su Toyota Corolla – y tras hacerlo seguimos preparando el viaje y el coche pues en 1985 ir a Foz por carretera era una pequeña aventura.
   El Viernes día 21 por la tarde, a eso de las siete y media, cerramos el negocio y cruzamos la Avenida para dirigirnos a ver a Miguel Iglesias que por aquel entonces había ampliado el negocio con el asunto de los neumáticos. Como era un amigo, fuimos allí a que nos revisara la rueda de repuesto del R-14 para el viaje. Cuando llegábamos a la entrada de la cochera de Miguel vimos a alguien conocido. Lo vimos pues cuando alguien mide siete pies y dos pulgadas se le ve. Maxi, el “Gigante de Paladinos” se encontraba allí y en ese momento estaba poniendo encima de la bancada una de las cubiertas del tractor, manejándola como si fuera una pluma. Tras un rato de charla y tras la revisión del neumático, Miguel y nuestro gigantesco amigo – cuya bondad era tan grande como su tamaño – se despidieron de nosotros y nos desearon un buen viaje.
   Las cinco de la mañana es una hora perfecta y para los que dormimos poco, más aún. Papá arrancó el R-14 a las 5.05 en la puerta del negocio e iniciamos el viaje hacia Foz.
   La amanecida se produjo después de pasar Astorga que es cuando el paisaje se hace más divertido. No quiero desmerecer el paisaje Castellano ni en lo más mínimo pero para quienes estamos acostumbrados a las llanuras, un poco de variedad nos gusta. Tras pasar Rodrigatos de la Obispalía – donde hay un cordero de calidad extra – comenzamos el descenso hacia Ponferrada cuyo espectáculo con las montañas de carbón siempre era digno de ver, para seguir hacia Villafranca del Bierzo. Tras pasar el túnel y tras un trecho mediano, entramos en el Valle de Valcarce, cruzándolo una y otra vez por la carretera - cuyas curvas son interminables -  para acabar parando en el Hostal del mismo nombre.
   Allí nos encontramos con una escena curiosa consistente en una anciana de 90 años que tomaba media docena de pastas con una copa de orujo para desayunar. Eso ya lo había visto yo en Foz pero nunca lo había presenciado tan al “sur”. En fin Así fue. Eran las siete aproximadamente cuando arrancamos de nuevo dirigiéndonos hacia el norte. Siempre al norte, hacia Lugo. Tras atravesar el Puerto de Becerrea  - por la carretera vieja de cuatro metros de anchura – nos aproximamos a Lugo. Ahora el radio- cassette “Shintom” del R-14 recibía emisiones en galego y música de gaitas entre las risas del Abuelo mientras dejábamos el Balneario de Lugo a la Izquierda y nos dirigíamos hacia la “Terra chá”
   El contraste era simplemente colosal al abandonar las llanuras de Lugo y entrar en el Puerto de A Xesta. Curvas, niebla, un precipicio de carajo y el olor a eucalipto. De vez en cuando aparecía entre la niebla una persona acompañada de media docena de vacas. Estas iban al borde de la carretera y parecía que se iban a despeñar pero eso no ocurría. Bajo el precipicio, Mondoñedo, al cual se llegaba tras una serie de curvas que incluso a un coche pequeño como el R-14 le costaba coger. Tras pasar Mondoñedo, llegamos a Lorenzana y casi de inmediato a A Espiñeira.
Foz

La llegada a A Espiñeira se produjo a las nueve de la mañana de modo que la aproximación a la Ría de Foz se ejecutó en el momento más adecuado y antes de cruzar el Centiño, el espectáculo de la Ría se extendía a nuestra derecha teniendo la punta de malates y la desembocadura del Centiño en primer plano y la Villa de Foz al Fondo, levantándose sobre la margen oeste del estuario...
     Mi protocolo a la hora de llegar era siempre el mismo. Me bajaba del coche, me quitaba las gafas de sol y me ponía a respirar el salitre. Para los que nos gusta el mar es como una droga.
     Como he comentado antes, las cinco de la mañana es una hora perfecta para levantarse y más aún en Foz si se quería disfrutar de los atractivos del lugar. El miércoles 3 de julio de 1985 la noche estaba perfecta. Perfecta para lo que era Galicia y esta perfección consistía en una temperatura de unos once grados con el cielo nublado. Tras pasar la jornada, mi costumbre consistía en salir a la pequeña terraza de la casa que daba al Campo da Cabana. Era un primer piso de una casa del siglo XVIIII.
   
Campo da Cabana
Sentado en la misma, tras una jornada de dibujo de lo más interesante y una cena excelente repleta de productos del mar, podía disfrutar de una lectura con una buena cerveza o una botella de sidra a la vez que veía y sentía Foz en la penumbra. El ruido del mar acompañado de su aroma característico consistente en una mezcla entre salitre y marisco llegaba hasta allí, así como el traqueteo del motor de algún barco menor que entraba en el Puerto con retraso y si la marea se lo permitía. Eso era todo y eso era lo más!.En esa época Foz era Foz. Quiero decir que había una interesante dispersión en las escasas construcciones de la Villa y tenía aún el maravilloso aspecto de una aldea, añadido a un ambiente de andar por casa irrepetible. Tras dormir un par o tres de horas, tocaba levantarse pues antes de las seis de la madrugada el impetuoso sonido de la sirena hidráulica de la Lonja del Puerto destrozaba momentáneamente el silencio del pueblecito para anunciar la llegada de los buques de pesca con su cargamento consistente en toneladas de sardina, chicharro y otros manjares. Eso de levantarse tan pronto no se hacía todos los días pero sí los que más pues si se deseaba captar en esencia el ambiente focense tenía que ser así. 
La bajada al Puerto por la Calle Trapero Pardo o bien por la calle Rosalía de Castro – dando más vuelta - resultaba excepcional. La noche, rota por las escasas bombillas colgadas de las viejas casas de piedra y pizarra y completada con un Txirimiri al más puro estilo focense era una estampa maravillosa y además, durante ese breve paseo hasta el muelle, pisando las húmedas calles se podía sentir el pulso de Foz. Muchas de las casas tenían ya las luces encendidas y dentro de ellas los fogones comenzaban a arder para ir preparando con calma el pote galego o cualquier otra cosa que siempre era deliciosa. En Foz, siempre se ha cocinado mucho y bien. Es curioso pero a esa hora, todo el Pueblo olía a comida y cuando no era a comida era a mar y a huerta. Cuantas veces nos hemos parado delante de una ventana a pie de calle – haciendo uso de mi natural atrevimiento – para alabar un guiso o unas sardinas asadas y nos han obligado a entrar para compartirlo... 
     
Iglesia Parroquial
En otro momento hablaremos de la gastronomía focense, tema que merecerá el adecuado tratamiento pero ahora vamos a retomar el paseo hacia el muelle pues se nos hace tarde. Tras dejar la Casa del Mar a la izquierda y el Náutico a la derecha, se extendía ante mí la extensión del muelle. Cierto es que en 1985 el Puerto de Foz estaba en plena decadencia pero todavía conservaba a ciertas horas el ambiente de antaño. Al pasar por la Plaza Conde de Fontao, es imposible no mirar a la Iglesia Parroquial que se eleva entre la neblina y la leve lluvia como un faro de orden y un punto de referencia.
       El silencio que reinaba en el Pueblo aquí no existía. Los buques tenían los motores en marcha con el fin de poder suministrar energía eléctrica a los focos de intensidad que iluminaban la dársena de un modo espectacular. Coches y camiones frigoríficos reculaban al borde del muelle para cargar la preciada mercancía que era conducida principalmente a Madrid. En el momento de acercarse al muelle y como casi todos los tripulantes y patrones eran conocidos míos, siempre aparecía una bolsa por arte de magia. La bolsa se llenaba con unos kilos de sardinas que a la tarde solíamos degustar en Familia.   
    
Puerto de Foz
En las casetas de mando de los buques, bajo las ventanas del Puente se encontraban los nombres tan familiares de los mismos: “Ruiz Rey”, “Nuevo Mirando al Mar”, “Agarimo”, “Virxen dos Milagros”, “Nuevo Bellamar”, “Joaquincito” y otros que eran menos habituales como el “Otero Lage” o el “Villar Casal” de La Coruña. 
     Tras este trajín, me dieron las nueve de la mañana y era la hora perfecta para ir a darse un baño de una hora a la Praia da Rapadoira en compañía de los abuelos. Llovía pero daba igual y el agua cuanto más fría esté mejor para la salud y mejor para comer pues para rematar la mañana, nos esperaba en la mesa una tortilla de patatas de dimensiones “focenses” y hecha con patatas del lugar que sin pretender ser vanidoso y sin desmerecer al resto, son las mejores del Mundo. Ni que decir tiene que de la tortilla no quedó nada y además se acompañó la faena con una buena sidra. 
    
Ruiz Rey. Equipado con motor Cummins.
Tras la comida, una sesión de dibujo acompañado de una buena música. Con la música había que ser prudente. El equipo de sonido y la vieja casa no eran muy compatibles. En una ocasión, la dueña de la casa – sorprendida de lo bien que sonaba el equipo - y yo nos pusimos a bailar una muñeira de mi invención especialmente acelerada – entre las risas de su marido - a todo volumen sobre el suelo de tarima y casi acabamos con todo el apartamento derrumbado sobre la planta baja... En fin, lo cierto es que casi provocamos un derrumbe masivo de modo que – por motivos de seguridad estructural - hubo que trasladar la sesión de Muñeira a la planta baja. 
     Con el dibujo, sin embargo, no se podía ser tan permisivo y Foz me brindaba múltiples oportunidades. Los “Rotring” que había comprado en ese curso para la asignatura de dibujo del Padre Prieto tuvieron un uso brutal en el verano de 1985. Brutal hasta el punto que hubo que comprar en Foz más de cincuenta cargas de tinta para ellos. Todo fue medido y luego dibujado en la casa de la Calle Trapero Pardo. El Puerto y los astilleros. Todos los buques, muchas casas del Pueblo y como no varios Portaaviones y buques que luego se harían realidad en el Museo Grand Central de Pobladura del Valle.      
    
Foz
Una vez acabada la comida y el baile, tocaba salir. Ese día, al igual que otros muchos, escogimos el Bar Náutico para sentarnos a pasar unas horas de charla. Una sidrina, otra y otra y debajo de la terraza del Bar – con mayúscula – la extensión del Puerto de Foz con sus mil metros de amarre dentro de la Ría y los buques que habíamos visto llegar de madrugada, preparándose para salir de nuevo a faenar con las tripulaciones afanándose en las labores de a bordo. 
     Bajo nuestra mesa y a escasos metros de nosotros, los buques comenzaron a separarse lentamente del muelle y uno a uno comenzaron a desfilar por la bocana de la dársena enfilando el canal de salida de la Ría. Era un espectáculo muy bonito pero a mí particularmente siempre me causaba intranquilidad. Sabías que se iban pero no sabías si iban a volver. La sirena que anunciaba alegremente la llegada de los buques, en ocasiones había sido un aviso de desgracia. Muy poco después, uno de esos buques – el “Ruiz Rey” – se hundió en la Punta Percebera, cerca de Luarca. Yo no estaba en Foz en el momento del desastre pero oí la noticia en Benavente a través de Radio Pesquera, emisora que seguía a diario. Por la tarde se realizaba otra subasta y tras el pertinente aviso de la sirena, nos dirigimos hacia la lonja para presenciar el ritual. Normalmente era Siso quien se encargaba de la subasta y también de echar la bronca con toda la razón a algunos que iban allí pensando inocentemente que eso era una tertulia. Otros días la subasta la realizaba José y en esta subasta de la tarde había raya y congrio principalmente. El proceso por todos conocido y del cual no vamos a entrar en detalles duraba unos quince minutos.  
       En ese momento – ya acabada la subasta - comenzó a llover muy levemente y decidimos que era la hora de preparar la cena. Así lo hicimos, deseando que llegaran las seis del día siguiente para recibir en el muelle a los amigos que en ese momento estaban dirigiéndose hacia la faena a bordo de sus buques. Ese día fueron y volvieron. Cumplieron su misión al igual que sus hermanos mayores - a los que no veíamos casi nunca en el Puerto - lo hacían en el Gran Sol, en Terranova o en el Golfo de Méjico.

Esto ocurrió un día de Julio de un ya lejano 1985.

Jose Luis Blanco García. Director. Museo Grand Central. Pobladura del Valle.